Entrevistas

Black Metal, Máquina de Odio: Una nota/informe sobre un ensayo teórico de este género a un intelectual metalero

Nicolás Alabarces, además de ser un amigo y un compañero de ideología, es un académico y un melómano del Heavy Metal. Se recibió cómo licenciado en la carrera de Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba y se encuentra trabajando para una universidad en la Ciudad de México. Entre su trabajo cómo profesional de las letras y su amor por el Metal, se ha dedicado a confeccionar un ensayo sobre Black Metal que está próximo a publicarse. En tal escrito, demuestra que el Black Metal no sólo es un estado de ocio y una simple música pasatista, como son ciertos géneros contemporáneos que están de moda (cómo los desdichados reggeton y trap). «Black Metal, Máquina de Odio» es un estudio y un ensayo (de ciertos presupuestos filosóficos que el autor se encargará de explicarnos) que propone una visión del mundo y una intervención del mismo. Le realizamos preguntas al autor que, amablemente, se tomó el tiempo de contestar. Acá, desde Vientos de Poder, nos tomamos el atrevimiento de surcar este espacio porque creemos que el Black Metal es un terreno que tenemos que explorar, y porque estas ideas pueden ir más lejos del ámbito académico, y llegar a quienes profesamos el Metal como un estilo de vida. De eso se trata esta nota.

-Nicolás, ¿cómo te relacionas, desde tu lugar como académico, con el Heavy Metal?
El Metal excede, por suerte, mi vida y trabajo académicos. Debería hacer un recorrido biográfico y todo eso, pero resultaría demasiado extenso y, sobre todo, aburrido. Pero, resumido muy mal y pronto, digamos que escucho el género desde muy pibito. Un alienado total. Lo que sería, en la doxa de lo que nos ven desde afuera, un cabeza. Y me gusta eso. Milito bastante ese fanatismo contra la tibieza de la heterogeneidad. Un amigo me pasa un casete con grabaciones de temas mezclados de Maiden, Slayer y el «Ride the Lightning» de Metallica. Cuando lo escuché, sentí un estado de trance que nunca había sentido antes. Un brío, una fuerza inigualables. Siento que es muy personal la experiencia, pero bueno, desde ese día que me capturó para siempre.

Con respecto a lo académico, en verdad el esfuerzo está en tratar de pensar esa experiencia con el Metal desde otras plataformas; en este caso, la del saber y, particularmente, del saber filosófico. Tal vez lo académico no es precisamente lo que defina el pulso de lo que intento hacer, un poco le huyo a esa formalidad, ya demasiado tengo con lo propio, jaja! Pero sí, digamos, trato de explorar y utilizar el arsenal teórico de la filosofía política para abordar, pensar y experimentar al Metal desde un prisma más. Hace poco tuve la posibilidad de publicar un artículo gracias al gesto y el espacio que me brindaron los chicos de GIIHMA (Grupo de investigación interdisciplinaria de Heavy Metal argentino) y replico bastante su espíritu de trabajo, es decir, buscar más los subterfugios del registro ensayístico y, en ese sentido, pensar la palabra, el saber y la intervención teórica como espacio de disputa. El trabajo académico, en ese sentido, está más ligado a una lógica crematística y meritocrática de producción de papers, a menudo bastante tibiona, siempre en la línea hegemónica de lo que se viene diciendo en la doxa académica. Acá, en cambio, y dicho decorosamente, lo que se busca es romper las pelotas. Porque el Metal, digamos, siempre rompió las pelotas. Es una forma de hacerle honor a su cosmogonía constitutiva.

-Desde la perspectiva de tu ensayo, ¿cuáles son los orígenes del black metal y en qué contexto mundial surge?
Son bastante las lecturas que hay sobre su origen, y casi siempre, como suele pasar, hay peleas y litigios sobre eso. Con que si Venom, o Celtic Frost o Bathory, y así infinitamente. Si me apurás, te puedo llegar a decir que incluso varias bandas post punk de los ’70s o la misma The Cure colaboraron bastante en este nacimiento. Pero, en fin, no me parece que haya que ponerse de acuerdo, pero sí, en mi caso, trato de trazar un punto de partida para organizar el sentido de mi lectura. Me interesa, particularmente, el momento en que el Black Metal se empieza a polinizar en el mundo y eso pasa, fundamentalmente, en Europa con la emergencia del inner Circle en Noruega. Mayhem y Burzum, sin dudas, marcan un punto de inflexión para la escena Black Metal, tanto para Europa como para América Latina. Se sabía, por ejemplo, que Euronymous se carteaba bastante con el batero de Masacre de Colombia, Mauricio Montoya, e incluso con «Pocho» Metallica, el dueño del sello discográfico Hurling Metal Records de acá a la vuelta, en Hurlingham (Buenos Aires). Una locura. El tipo realmente quería crear una red mundial del Black Metal. Y eso es realmente invaluable.

Y después, por supuesto, lo insoslayable y cautivante del género: las quemas de iglesias, los suicidios, los asesinatos que sucedieron a la emergencia y constitución de la escena Black Metal en noruego. No es una pulsión eurocentrada, pero sí reconocer que todos esos eventos le dieron al género una cualidad diferencial, un rasgo de acontecimiento. Ahora bien, lejos de las lecturas sesgadas y sensacionalistas que salieron enseguida tras los eventos de las quemas y los asesinatos, a mí sí me interesa pensar el contexto social —como bien me preguntás— en que se da este emergencia y todos estos fenómenos. Básicamente, una Europa de Guerra Fría, con dos bloques de poder bastante tajantes aunque un poco alicaídos y con una experiencia de posguerra que había despertado y cristalizado, en cierto sentido, una pulsión nacional socialista, que, en el caso de Noruega, se conjuga bastante con un tribalismo vinculado a las tradiciones escandinavas. Desde luego, esta tradición arremete contra la tradición cristiana, que entiende está destruyendo y socavando las verdaderas raíces (si es que tamaña cosa existe) de la historia escandinava. En resumen, se trata de un romanticismo 2.0 muy tardío, que si uno lo observa un poco expresa y resume sintomáticamente una serie de malestares sociales, políticos y económicos que, en el caso de Noruega y otros países escandinavos (Suecia o Finlandia), derivó en un esquema de visión y división del mundo bastante reaccionario. Sin embargo, no me interesa, al menos en mi trabajo, hacer un juicio moral o impugnatorio, es decir, no quiero decir con esto que el Black Metal sea filonazi, como se suele sostener, ya que hay cabales ejemplos de bandas despojadas completamente de esta idea, pero esta lectura sí nos permite pensar los modos en que se organizaron y se canalizaron ciertas maneras de intervención y violencia en la escena blackmetalera de Noruega durante los años ’80s. Es una relación medio de doble vínculo: por un lado, un origen parcialmente reaccionario y, por otro lado, una polinización mundial del género. Después de todos estos eventos mencionados, el Black Metal explota y nos da una parva de bandas y subgéneros en todo el mundo.

-¿Cuáles son las filiaciones filosóficas que estudiaste para tu ensayo, y cómo se articulan con esta visión que propones del Black Metal?
Un poco en relación con lo que te decía en la pregunta anterior, y teniendo en cuenta ese origen del género, sus condiciones de producción, emergencia y manufactura, me interesa ver al Black Metal desde su potencia destructiva. Y esto no es una cuestión enunciativa, es material, empírica, es decir, performativa materialmente. El Black Metal ha demostrado ser realmente destructivo, una verdadera máquina de odio. Y creo que, en esa potencia, hay una posibilidad de pensar un espacio de resistencia que excede lo meramente musical, más allá de la experiencia estética que ya, de por sí, es realmente poderosa.
En ese sentido, recupero bastante el trabajo de un marxista francés, Ruidos, ensayo sobre la economía política de la música, para quien los modos en que se administran y se gestionan los sonidos y las cadencias en el mundo moderno tienen unos efectos concretos en la configuración material del mundo. Es decir, ciertamente un poiesis social en los modos en que se organizan los ruidos —vale decir acá, la música— y que ciertamente excede el sensorium estético o una mera diferencia de gustos, digamos, sino que disputa un estatuto de lo político, en suma, una forma de organizar el mundo social.

Después recupero mucho los aportes de algunos filósofos posthumanistas y del realismo especulativo que se han dedicado a estudiar el horror cósmico, como Reza Negarestani o Thomas Ligotti, y otros pensadores que yo inscribo en lo que someramente podríamos denominar como giro materialista del odio, fundamentalmente a un yankee, Andrew Culp.

-¿De qué se tratan estos conceptos de posmodernismo y capitalismo tardío y cómo se contrapone el Black Metal como “máquina de odio”?
El posmodernismo, como bien lo explica Fredric Jameson en su trabajo homónimo, es la lógica cultural del capitalismo tardío. Toda una fábrica monumental de producciones estéticas y culturales que obedecen y reterritorializan ese pulso. Son muchos los elementos que constituyen y caracterizan al capitalismo tardío, pero digamos que hay un rasgo distintivo y constante en cualquiera de las formas en que se escenifica esa variante, a saber: el de la novedad. Lo que cautiva y captura es lo nuevo. Tenemos una ferviente necesidad y ansiedad de novedad, cuya temporalidad actualiza un presente iterativo permanentemente y, en ese proceso, se pierde la perspectiva histórica. El pasado, así, es un cúmulo de eventos yuxtapuestos al que uno puede recurrir -para rememorarlos cuando haga falta- y el futuro apenas una experiencia permanente de consumo y goce del presente perpetuo. Son muchos los efectos concretos que esto tiene el campo político, pero, para no irme tanto de tema, podríamos decir que en la arena cultural esta lógica ha hecho bastante mella en la constitución de nuestras subjetividades. Mark Fisher lo define muy bien en su trabajo «Realismo Capitalista»: la novedad es uno de los dispositivos clave del posmodernismo para la producción y reproducción del realismo capitalista, una reterritorialización permanente de la misma lógica de siempre bajo los revestimientos de la novedad.

De esta lectura, también se advierte que, junto con la ansiedad de novedad, otro aspecto sintomal del capitalismo tardío es el amor, pero no el amor que uno puede tener por su pareja, por un libro o, no sé, por su perro, sino el amor como categoría ética, como vitalidad rizomática, como enlace de conectividad interior con los elementos de Este Mundo, tal como se nos presenta. Por supuesto, el capitalismo tardío también se esfuerza por territorializar una noción de amor, de vitalidad del mundo, puesto que esta noción trae una fuerte suspensión crítica de sí mismo: básicamente, el mundo actual de desigualdad, injusticia y completamente destructivo de su entorno. En ese sentido es donde el Black Metal se constituye como una verdadera máquina de guerra, en el puro sentido deleuzeano del término, y más aún, como una máquina de odio que conjura y profesa la Muerte y una sedición completa de Este Mundo, es decir, del mundo bajo las relaciones del capitalismo realmente existente. Y por varios motivos: por sus cadencias o armonías estridentes, por su gramática estética y por su pulsión destructiva y desoladora. Son tres elementos que le confieren una fuerte dimensión crítica y que, como decía antes recuperando a Attali, colaboran musicalmente a la muerte del amor por Este Mundo. Son tres dimensiones que trato de describir y reconstruir en el ensayo a través de ejemplos concretos de bandas de Black Metal.

Por supuesto que el posmodernismo tiene actualmente su arsenal musical para revitalizar las redes de este mundo, que, en la actualidad, se dan en una articulación bastante extraña de reggaeton y trap. No quiero ponerme en detractor de nadie acá, porque no es una cuestión de individualidades, es algo que es independiente de la voluntad de tal o cual persona que haga este tipo de música. Aunque, nobleza obliga, noto que, a diferencia de otros momentos de reactualización del capital en América Latina, en esta ocasión se escenifica, desde lo musical, una expresión totalizante de las clases medias urbanas y las clases altas. Hasta la cumbia villera tuvo su espacio de resistencia en las postrimerías de los años ’90, como, desde luego, también la tuvo el Metal en los ’70 y ’80 en Argentina y en América Latina. Ambos nombraron y constituyeron sujetos políticos concretos respecto a la fase de desarrollo del capital de sendos momentos. El trap de ahora es el soundtrack actual del capitalismo tardío, pero, a diferencia de aquellos, objetivamente no tiene vuelo, no expresa ni asoma a ningún sujeto político nuevo y no vehiculiza ningún espacio de resistencia. Solo ratifica y confirma ese socius disperso y antihistórico que es la clase media, una caterva de yuppies cuya mayor fascinación es asistir a una fiesta pedorra de la Bresh. Sé que es una posición bastante antipática y muy impopular, pero, desde mi manera de verlo, el trap escenifica musicalmente a los flujos del capital, como alguna vez también lo hizo el Rock en la década de los ’60 y ’70. Insisto en que no es una lectura impugnatoria. Cada vez que la escucho solo veo su propia condena inminente: el ostracismo y el olvido, seguramente reemplazado por otra novedad más eficiente en un futuro no tan lejano. Parafraseando al marxista inglés Terry Eagleton, el trap pasa, el Metal queda.

Sé que esta posición lleva un poco a la idea de cierta intolerancia que se le suele adjudicar al metalhead. Confieso que personalmente no tolero esa música, jaja! Pero también me parece que la intolerancia es medio parte de una suerte de ontología metalera. Aunque me gustaría cambiar el significante intolerancia por el sintagma: no bancarse la mierda que produce la industria musical mainstream del momento, que le hace más honor al espíritu político del Metal, que evita el ablande y no se banca a los veletas de la moda, dixit Hermética. En ese sentido, me gustó mucho la novela de Maximiliano Barrientos, «Miles de ojos», quien me parece que da en el clavo caracterizando esta ontología constitutiva del metalero. Me atrevo a citarlo porque no tiene desperdicio: “La intolerancia nos hermanaba, nos daba algo a lo que aferrarnos, un terreno seguro, una tradición, un lugar de pertenencia. Odiar juntos a los que no escuchaban los mismos discos nos hacía sentir menos solos… Nos vestíamos de negro porque no sabíamos bailar, porque no se nos ocurría nada gracioso que decirles a las peladas, porque era una forma de canonizar nuestra torpeza social. El ruido no se iba de la nuca, estaba allí, latiendo. Recorría la médula, permitía que nos reconociéramos en el cuerpo”.

-¿Por qué “Black Metal, máquina de odio” y por qué crees que estas ideas se alejan de este nuevo concepto al que le llaman “discurso de odio”?
Se ha popularizado una idea de experiencia estética singular del Black Metal como un retiro del mundo, muy vinculada a la idea de una experiencia individual y, a la vez, muy ligada a la idea de preconizar al género como un experiencia atomizada, local, under, etcétera, que sobre todo se cristalizó bastante con la emergencia del depressive black metal. Es, por ejemplo, la tesis fuerza del medievalista Nicola Masciandaro, quien se ha dedicado a estudiar el Black Metal hace ya un tiempo y tiene varios ensayos publicados. No digo que no pueda ser eso, ciertamente lo es en varios sentidos, sobre todo teniendo en cuenta que los circuitos de comercialización del Black Metal son esencialmente under, esto es un hecho y no se puede negar. Pero en mi trabajo propongo otra forma de experimentar y pensar al Black Metal, desde su potencia destructiva. No digo que deba o tenga que ser así (básicamente, no es imperativo de ningún artefacto estético en general, más bien todo lo contrario), sino que hay una virtualidad performativa muy potente y creo que se puede aprovechar. En el ensayo trato de trazar algunas líneas de esa virtualidad performativa y destructora de mundos a partir de ciertas bandas locales e internacionales. Preconizo esta idea y, a la vez, trato de elevar al Black Metal, en particular, y al Metal, en general, a que se vuelva a pensar como género de vanguardia, tanto para nosotros, viejos abnegados metalheads, pero también para las actuales y futuras generaciones. En criollo, una militancia franca del género que traccione y agrande las filas de esta legión.

Ahora bien, ponderar la posibilidad de pensar al Black Metal como máquina de odio no se asemeja en nada a lo que algunas lecturas de mala fe que han intentado hacer pensándolo como un discurso de odio contra las minorías. El discurso de odio puede ser clasista, xenófobo, homofóbico, colonialista, etcétera, todas variantes reaccionarias de Este Mundo, al que precisamente el Black Metal la declara su muerte. El Black Metal, en cambio, preconiza un odio como categoría ética y política contra la doxa del amor y la felicidad rizomática, la cual, en su forma de operar sobre el mundo, revitaliza y le da más bríos al capitalismo realmente existente. El Black Metal conspira permanentemente contra Este Mundo. Postula una sedición completa de Este Mundo. Cuando uno ve las referencias comunistas de Euronymus y las figuras de Stalin, Mao, Lenin y Enver Hoxa en sus fotos y en sus cartas lo que se advierte es tanto menos una militancia formal en algún partidito (que, de todos modos, tuvo) cuanto precisamente ese pulso destructivo. Como dice Culp, un proyecto comunista digno de sí mismo es aquel que traza líneas permanentes hacia la destrucción y hacia el afuera. Lo que hace falta es una fuerza lo suficientemente negativa y malaleche que destruya por completo los axiomas de Este Mundo para, ahí sí, finalmente, crear otro nuevo. Esa es, en definitiva, la potencia destructora y poiética del Black Metal como máquina de odio.

-¿Cuál es la relación del Black Metal con Sudamérica y cuál es el “caso de Profecium” que mencionas en el ensayo?
Sin dudas, la forma en que se produce y se experimenta el Black Metal en América Latina es absolutamente diferente a la de Europa. Te diría que es mucho más brutal, más incisiva, porque articula elementos de una marginalidad realmente muy poderosos para lo que Black Metal expresa: originalidad, sonidos muy podris y una gramática estética que escenifica un odio contra las formas en que se daban las opresiones en nuestro territorio. Profecium es una banda de Black Metal que surge en los años ’90 en nuestro país. Entre enero y febrero de 1997 editan su primer disco, «Socialismo Satánico», lo que rápidamente acá podríamos denominar como el primer disco de Black Metal subversivo y explícitamente ideológico. El caso Profecium, al que le dedico casi todo un apartado entero, me resulta muy particular por cómo supo conjugar varios de los elementos del género y elevarlo a estatuto político de visión de mundo en la Argentina neoliberal de los ’90. Además, nobleza obliga, tienen unos arreglos muy interesantes, suenan muy bien.

-¿Crees que esto que estás proponiendo pueda llevarse al Heavy Metal en general?
Sin dudas, como también lo escenifica el Thrash, el Death o lo que actualmente algunos también llaman War Metal, un subgénero muy particular del Black. Son otras experiencias, con otra gramática estética, otro sonido, otras condiciones de emergencia y sin tantas desavenencias y muertes en el medio jaja, pero estoy convencido de que el Metal en general tiene siempre subyacente esa potencialidad. Y si no la tiene, por lo menos suena bien, te hace headbangear y uno se pone de la cabeza igual.

* Nicolás Alabarces es Licenciado en Letras (UNC) y actualmente becario CONACYT en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de México (Xochimilco). Cuando se escapa de sus obligaciones, entrena y compite en ciclismo de ruta y de pista. Tomado completamente por las cadencias malaleche, escucha Metal desde chico, cuando un amigo le pasó un cassette con canciones de Maiden, Hermética, Slayer, Metallica y Sepultura.

Willie Belgoff

Willie Belgoff

Estudiante de canto y Técnico en Seguridad e Higiene. Mis caballitos de batalla metaleros son Maiden y Helloween. Alguna vez aprendí Letras Modernas en la UNC. Fútbol, mate, taekwon-do y cerveza acompañado de un buen Power Metal. ¡Por más Bruces Dickinsons y Michaeles Kiskes en el mundo!

Un comentario en «Black Metal, Máquina de Odio: Una nota/informe sobre un ensayo teórico de este género a un intelectual metalero»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *