Crónicas

Kampfar en Buenos Aires: el bosque ardió bajo techo

Hay bandas que uno sigue desde lejos, durante años, con esa típica resignación de: «Olvidate, esto acá no llega nunca». Y es que el mundo es enorme, Argentina nos queda en el fin del mapa y hay figuritas difíciles que, simplemente, asumís que nunca vas a conseguir. Kampfar era una de esas.

Pero el viernes 30 de mayo pasó lo impensado. El Uniclub del Abasto recibió el debut de los noruegos con una solemnidad silenciosa, de esa que se respira cuando sabés que estás presenciando algo que difícilmente se vuelva a repetir. La sala no estaba estallada, no… pero tampoco hacía falta. Los que elegimos estar ahí esa noche sabíamos perfectamente a qué íbamos.

La tarde arrancó tempranito, a las 19:30, con Demiurgo tomando el escenario. Para mí, de lo mejorcito del black metal local para ver en vivo. Y esa noche la rompieron. Máscaras, un sonido bien macizo y una propuesta agresiva que por momentos se pone medio ambiental, pero sin perder ni un gramo de ferocidad. Entra directo y te vuela la cabeza, sin necesidad de explicaciones. Una apertura de lujo.

A las 20:20 salieron los chicos de Cernunnos con su ensalada de influencias: folk, black metal, breakdowns de esos que te cortan la respiración, growls y una atmósfera pesada que conectaba bárbaro con el universo de Kampfar. Tuvieron algunos temitas técnicos al principio, es verdad, pero los tipos tienen oficio y lo sacaron adelante como campeones. Para cuando terminaron, el Uniclub ya estaba en clima, listísimo para lo que venía. Dos bandazas locales que se recontra ganaron su lugar ahí.

Ahora, un detalle que el público no tenía ni idea mientras esperaba: Kampfar llegó a Buenos Aires con el tiempo justo, rozando el milagro. Vuelos cancelados, aeropuertos, una tensión de locos y una carrera contra el reloj que terminó con la banda llegando al lugar apenas una hora antes de tocar. Una locura. Sin embargo, arriba del escenario no se notó nada. Al contrario, vimos a una banda compacta, concentrada al máximo y con la seriedad de quien sabe que el ritual no se negocia por un dolor de cabeza logístico. Después ellos mismos lo resumieron clarito: llegaron con una hora de margen, pero la respuesta de la gente hizo que todo el sufrimiento valiera la pena.

Cuando las luces se apagaron y empezó a sonar la intro, el Uniclub se congeló.

Dolk apareció de buzo y capucha, con el pelo rubio tapándole la cara. Arrancaron con «Feigdarvarsel» y desde el primer acorde entendimos que lo que iba a pasar ahí adentro no era un recital de metal común y corriente. Era otra cosa. Algo mucho más primitivo, más físico, difícil de explicar con palabras.

Pegadito, sin anestesia ni presentaciones, metieron «Ravenheart». A estos noruegos no les interesa hacer sociales entre tema y tema; usan esos silencios para acumular presión, como una olla a presión a punto de reventar. Ole Hartvigsen se movía por el escenario con una soltura que contrastaba con el clima espeso del show, y el bajista (¡qué personaje!) era un imán para los ojos: brazos extendidos, posando con la convicción del que no está actuando, sino viviendo la música.

Con «Skogens Dyp» el ambiente se puso más terrenal, envolvente, y «Ophidian» trajo una oscuridad filosa y moderna. Logran sonar antiguos sin oler a museo, Una genialidad. Desde la batería, Ask armó la base de todo con una precisión y un empuje tremendo. Él fue el pulso de la noche; sin su ritmo, la ceremonia se hubiera quedado estática.

El pico de la noche llegó con «Mylder». El tema fue creciendo desde adentro y el headbanging, que hasta ese momento venía siendo medio contenido y devocional, explotó. La sala entera empezó a saltar y moverse al mismo tiempo. Se sintió como si algo se hubiera quebrado después de tanta tensión acumulada. Hermoso.

Siguieron con la oscuridad intacta en «Urkraft», con Dolk pegando unos gritos de guerra que te ponían la piel de gallina. Después, «I Ondskapens Kunst» y «Norse» nos pegaron un viaje hacia los primeros años de la banda. Fue como un recordatorio de que Kampfar no llegó hasta acá de rebote, sino por haber construido una identidad propia cuando medio mundo prefería copiarse entre sí hasta el cansancio. «Tornekratt» cerró el bloque principal con una densidad tremenda.

Hubo momentos muy teatrales pero cero pretenciosos. En un momento, Dolk agarró un cáliz, tomó vino y lo escupió hacia el público. Después, tiró un polvo blanco sobre las tablas de manera coreográfica. En sus manos, nada de esto parecía un cliché; era una extensión física del show. El cuerpo como instrumento, el rito, la comunión.

Ya cerca del final, Dolk se levantó la remera y mostró el tatuaje que lleva en la panza: el logo de Kampfar y la imagen del macho cabrío con la flauta. Ese gesto resumió la noche: el músico como un médium, la música como un mandato. No es un tipo que inventa lo que canta; es alguien que obedece a una fuerza que viene de otro lado.

Casi no habló entre temas, pero cuando lo hizo, fue al hueso. Dijo algo que seguro repite siempre, pero que esa noche sonó más real que nunca: que ellos nunca hicieron esto por la fama, ni por la plata, ni por tocar en estadios. Que siempre se trató de conectar en lugares como el elegido aquella jornada.

Para los bises nos regalaron «Hymne» —paganismo puro y duro— y «Det Sorte», que dejó flotando un ambiente pesado, sombrío y perfecto para el cierre. Cuando sonó el último acorde, los cuatro se pararon al frente del escenario. Levantaron los brazos y se llevaron la mano al corazón. Un gesto sobrio, agradecido, bien de alma, que no necesitó traducción.

No es común ver en Argentina a bandas con un universo propio tan fuerte. Por eso la noche se sintió como una aparición. Kampfar no vino a hacer turismo, vino a demostrar que su música todavía te puede meter en una especie de trance.

Gracias a la gente de Noiseground por hacer posible lo que parecía un imposible.

Gastón Coco

Gastón Coco

Melómano y fanático del heavy metal en todas sus variantes. Escucho discos todo el día e ir a recitales es mi ritual.

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