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El antecedente del 2001 como tragedia, y el posliberalismo como comedia

Marx, en el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, introduce la celebérrima fórmula de la iteratividad histórica. Esta primero se produce como tragedia para luego desdoblarse, más tarde, como comedia. Así podría pensarse, durante décadas, la dinámica histórica de nuestro país. No cabe duda de que la descomposición en ciernes, impulsada por los liberales tardíos comandados por Milei et al. (vía comando de las usinas del capital yankee y el sionismo del Estado genocida de Israel), reactivó el ya conocido y alicaído programa neoliberal. Este fue impulsado globalmente durante la década de los 70 en toda América Latina.

En nuestro Cono Sur, dicho programa llegó a su cénit tardíamente, en las postrimerías de la década de los 80. Desde luego, no sin un franco empujón de la dictadura militar y buena parte de la sociedad civil argentina. Ambos habían propinado las condiciones materiales y sociales para la implementación cabal de un proyecto de entrega, sometimiento y pauperización de la vida social en todos sus sentidos.

Sin embargo, la pantomima circense con que esta vez se presenta esta entrega descomunal reviste unos ribetes cuando menos cómicos, payasescos y ridículos. Se trata de una de las escalas de debate más bajas que nuestro registro de la historia de las ideas y los debates ideológicos haya podido advertir. Este concierto de la Comedia Neoliberal no arredra, sin embargo, su virulencia entreguista, regalapatria y lamebota. A ello se suma el particular encono de clase contra el sector productivo, los trabajadores y trabajadoras de esta patria, los jubilados y pensionados, los periodistas, los docentes y los investigadores.

En estos últimos días, no obstante, a raíz de los sucesos que se vienen acumulando desde la megaestafa $Libra hasta la más reciente, con el operador de baja estofa de Milei y Trump, el lumpenazo de Fernando Cerimedo, la tensión va en escala y se siente en el aire. Se nota, fundamentalmente, en las últimas movilizaciones callejeras, donde los enfrentamientos con el aparato represivo se recrudecen y la protesta se hostiliza.

Este pre-texto coyuntural nos sirve para recordar una máxima materialista de la Historia y de la producción estética. Cada artefacto musical o artístico tiene una trabazón concreta con una situación concreta. Sin embargo, vemos cómo a veces estas mismas producciones, ciertamente lejanas a nuestro presente, revisten una particular actualización de los hechos que estamos viviendo. El pensador marxista Fredric Jameson lo sintetiza de un modo que me parece espectacular. Va a decir que todos estos relatos comparten una misma trama precomprensiva, un inconsciente histórico que los une de algún modo. En una palabra, una trama total y fundamental: arrancar al mundo de la necesidad un mundo de la libertad.

Tomando estos presupuestos, y pensando concretamente en cómo nuestro metal del Cono Sur piensa y crea sus canciones, ¿no resultan alevosamente actuales temas como “Gil trabajador”, “Ideando la fuga” y “Olvídalo y volverá por más”? No me quiero quedar con el canon por antonomasia (Hermética y Almafuerte). Pensemos incluso en temas como “Argentina, tus hijos”, de Horcas; “Puertas del infierno”, de Malicia; e “Hipotecado”, de Malón. Este último parece casi una descripción literal de la estafa usuraria de Galperín y de la descomposición de los pibes con las apuestas online. La zona de contacto es casi directa. También pone de relieve la astucia histórica de este género para taquigrafiar y subtender nuestras problemáticas y angustias sociales. 

Pampa del infierno: un horizonte de cambio social

Ruta 197 sale como disco de estudio pos2001, concretamente al año siguiente. Lo cierto es que muchos de los temas que surgen de allí nacen al calor de la última rebelión más importante que registra nuestra Historia. Recuerdo cómo circulaba un EP homónimo con “Pampa del Infierno” y un “O sole mio” versión cabezoide y con doble pedal. Se comercializaba en revistas de Ecuador y Venezuela. Pude hacerme con uno de esos ejemplares por los azares de la feria del Parque Rivadavia, un reducto de resistencia under durante los albores del 2000.

Pero Pampa del Infierno tiene una virtud que excede su condición de canción coyuntural. No habla solamente de De la Rúa (el buey al que hay que voltear), sino del mundo que produjeron los De la Rúa de la Historia. El vicario bobo de la Alianza aparece como la cara institucional de una estructura económica que había llegado a su límite. Los eventos del 20 de diciembre fueron, por tanto, apenas su desenlace trágico. Allí convergieron la convertibilidad agonizante, la desocupación, el hambre, la confiscación de ahorros y, finalmente, un gobierno incapaz de sostenerse sin sacar a la policía a la calle. La represión de aquellas jornadas dejó decenas de muertos y convirtió la caída de Fernando de la Rúa en algo más que una crisis institucional.

Fue la reanudación de un proyecto liberal de país que condujo nuevamente al colapso político de un régimen de acumulación. Durante una década, este había presentado la subordinación económica como una suerte de modernización del Estado. ¿Les suena? Son los mismos lexemas que utilizaron Macri en 2015 y Sturzenegger en 2023.

El sintagma “hijos del no te metas, el veinte de diciembre gritan no” reviste hoy una potencia política extraordinaria. El “no te metas” pertenece a la pedagogía disciplinaria y a la ontología liberal individualista de la Argentina domeñada. A saber: no intervenir, no organizarse, no disputar, aceptar las reglas. Dejar que los expertos de la tecnocracia administren la economía y que el mercado determine el destino de las mayorías. El 20 de diciembre interrumpe y disloca para siempre ese mandato. La multitud plebeya vuelve a meterse. Vuelve a ocupar la calle. Vuelve a disputar el espacio público.

En la comedia a la que hoy asistimos, Milei pretende presentarse como la superación definitiva de aquel pasado. Lo hace como si hubiera llegado a romper con toda la política argentina anterior. Pero hay algo profundamente cómico —en el sentido marxiano del término— en esa pretensión. El bufón libertario y marioneta del Capital aparece representando como novedad histórica una serie de políticas cuyo fracaso ya había sido experimentado brutalmente e iterativamente en nuestra historia (1826, 1862, 1955, 1974, 1976, 1983, 1989…). De la Rúa fue el gerente patético de un neoliberalismo que terminó incendiando el país. Milei et al. pretenden ser sus refundadores mesiánicos, con motosierra, insultos, Twitter y una puesta en escena deliberadamente grotesca. 

Metal pesado del barrio bajo y estructuras del sentimiento

Raymond Williams, el sociólogo materialista de la cultura, habla de estructuras de la sensibilidad. Es una tecnología categorial que nos sirve para describir cómo artefactos y producciones artísticas se adelantan a expresiones y síntomas de la época. En una palabra, presentan un discurso articulado de una sensación desarticulada que ya sentimos en el aire, en la calle, en las conversaciones con amigos.

Creo que esa idea, en definitiva, nos puede servir para entender cómo Tren Loco tuvo, como muchas expresiones del metal en ese momento, la astucia de entender el sensorium de la época. Sintetizó el pulso combativo y la bronca que se respiraba entre quienes dependemos objetivamente de nuestro trabajo para sobrevivir. También para darle una vida digna a quienes queremos y amamos. Como decía un gran referente del cambio social, el metal tiene que endurecerse, pero sin perder la ternura de vivir y amar a nuestros hermanos. Todo ello, en el marco de una comunidad organizada y planificada.

Por eso hay algo casi espectral en escuchar hoy a Tren Loco. No se trata sencillamente de afirmar que “Pampa del Infierno” intentó profetizar a Milei. Es tanto menos una burda futurología cuanto la eficacia de registrar y comprender las gramáticas sociales. También la estructura que podía volver a producirlo. La canción no necesita coincidir nombre por nombre con los protagonistas actuales. Su actualidad está en otra parte. Está en la persistencia del antagonismo entre un programa económico que descarga sus costos sobre las mayorías y una sociedad que, tarde o temprano, vuelve a encontrarse en la calle para reclamar lo propio: para el pueblo, lo que es del pueblo.

Nicolas Alabarces

Nicolas Alabarces

Licenciado en Letras (UNC) y actualmente becario CONACYT en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de México (Xochimilco). Tomado completamente por las cadencias malaleche, escucha Metal desde chico, cuando un amigo le pasó un cassette con canciones de Maiden, Hermética, Slayer, Metallica y Sepultura.-

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