10 años de la partida de Lemmy: un motor que no se apaga
El 28 de diciembre de 2015, hace hoy exactamente diez años, se iba de este plano una leyenda del Rock and Roll Ian Fraser Kilmister, mejor conocido como Lemmy. Dejaba este mundo apenas cuatro días después de cumplir 70 años. Son esas partidas que, como las llama el filósofo Giorgio Agamben, constituyen un «acontecimiento-muerte» [evenément-mort]. Por todo lo que eso implica: un gran vacío no sólo en quienes lo querían con ternura, familiares y amigos, y en quienes crecimos escuchando sus canciones, desde luego, sino en todo el campo de la música. Son muertes que generan acontecimientos, es decir, grandes conmociones en todo las esferas culturales. Pasó recientemente con Ozzy, pasó con Dio y pasó, por supuesto, con el sempiterno Lemmy Kilmister.
Como diría otro filósofo francés, Michel Foucualt, se trata, además, de verdaderos iniciadores de prácticas discursivas, porque, con su discurso musical, crearon millones de enunciados musicales. En otras palabras, ¿cuántas bandas y canciones le debemos a la emergencia y existencia única y inédita de una banda como Motörhead?

Sin embargo, pese a este vacío, su figura quedaría sellada para siempre en la historia de la música. Con su sombrero ladeado, botas gastadas y esa mirada entre cínica y desafiante, precía salido de un western urbano donde el volumen nunca baja. Su voz rasposa, más hablada que cantada, siempre tuvo una autenticidad singular, siempre traccionando y convocando a las tropillas rockeras y metaleras que no compran el discurso pedorro meritocrático. De allí el mantra eterno: “Born to Lose, Live to Win”.
Lemmy tocaba el bajo como si fuera una guitarra rítmica, siempre al frente, siempre atacando. No le interesaba la perfección técnica, sino precisamente la actitud. Esa es la impronta que definió a Motörhead desde el primer acorde. Canciones como “Ace of Spades”, “Burner”, “Death or Glory”, “See Me Burning” son ejemplos paradigmáticos de cómo entrar a toda velocidad y llevar el oído del escucha a atiborrarse de ahínco, malaleche y muchas ganas de escabiar. Y que el tiempo corra.
Amante del rock and roll clásico, de Little Richard y Chuck Berry, Lemmy nunca se sintió parte del heavy metal. Aunque terminó siendo uno de sus padres fundadores. Prefería definirse como un músico de Rock and Roll, simple y ruidoso. En los bares, en la ruta o en el escenario, mantenía la misma coherencia: no fingía, no suavizaba, no se disculpaba. Su honestidad brutal fue tan influyente como su música.
A diez años de su partida, Lemmy sigue siendo un símbolo de integridad y rebeldía. Murió un día como hoy de 2015, pero dejó una imagen imborrable de un tipo que vivió como tocaba. Sin frenos y sin concesiones, pasado de gilada, alcohol y caravana. Para muchos, Motörhead no fue solo una banda, sino una forma de entender la libertad. Y Lemmy, con su bajo colgado bajo y el amplificador al máximo, sigue siendo su profeta eterno.
¡Larga vida a Lemmy Kilmister, a Motörhead, y que su valor los acompañe en la ruta!

