¿Puede el Black Metal provocar la quema de iglesias? La verdad que rompe décadas de prejuicios
¿Puede un artefacto estético —sea este un género musical, una pintura, una película o una obra literaria— vehiculizar y generar acciones violentas? En una palabra, y en nuestro caso, ¿puede el Black Metal impulsar la quema de una iglesia, tal como sucedió en las postrimerías de los años 80 y 90 en Bergen y Oslo (Noruega)? Desde luego, se trata de una pregunta retórica, que, en este caso, utilizaremos para reflexionar sobre sucesos recientes.
Sin embargo, dejando la retórica, adelantamos la respuesta: No.
Por varios motivos, que exceden nuestra apreciación subjetiva y descansan en hechos concretos [1] de la historia, [2] de la literatura científica sobre la teoría del reflejo y [3] de la jurisprudencia. En suma, tres dimensiones que el periodista, creemos, ha soslayado escandalosamente. Veamos, entonces, estas tres dimensiones.
1. Es la Historia, estúpido. Nihil novum sub sole
Hace pocos días, estuvo circulando una nota periodística surgida en ocasión de una quema de una capilla en la localidad de Pehuén Có, perpetrada por un joven de 15 años. Este evento suscitó la nota de Sergio Rubín, quien, en pocas palabras, sostuvo que este adolescente, alienado por el consumo de Black Metal, se vio empujado a quemar la pequeña capilla de dicha localidad, a la cual se le sumaron otros hechos como la vandalización de un supermercado que llevaba un nombre santo (San Benito) y la pintada de grafitis con simbologías satánicas.
Esta escena, que parece más un fotograma de una película de Álex de la Iglesia, lo llevó al mentado Sergio Rubín a sostener esta tesis-fuerza, muy cara a la luz de los hechos de la Historia. Desde luego, como se anticipa en el título de este apartado, no hay nada nuevo bajo el sol (Nihil novum sub sole). Se trata, en suma, de un viejo estratagema de la teoría del reflejo, de un lado, y del estímulo-respuesta, del otro. Según el cual una cosa refleja literalmente el mismo referente y una acción deriva invariablemente en la misma respuesta. Ya tendremos tiempo de desglosar estas dos variantes teóricas. Pero es menester dejar claro acá que se trata de dos lecturas ciertamente muy débiles y epistemológicamente muy franqueables.

Por supuesto que el periodista en cuestión, como todo gran sofista y de oficio escriba, utiliza una serie de ejemplos que se esfuerzan por cristalizar su perspectiva. A saber, que fue el Black Metal el que efectivamente hizo que este pibe saliera de la casa y, enajenado, decidiera quemar una iglesia. Es muy astuto, además, en utilizar el caso de una serie reciente producida por Netflix, Adolescencia, en la que se toca nuevamente el tópico de las redes sociales y cómo estas operan en la producción de subjetividades en los niños y jóvenes adolescentes. En este caso concreto, la subjetividad incel, caracterizada por un odio visceral e infundado contra la mujer.
Lo cierto es que la tesis-fuerza de este tipo de lecturas, de la que, sin dudas, también participa la del periodista de TN (por demás, confeso católico y asiduo religioso, dato no poco menor) se centra en el carácter principalmente violento de este tipo de prácticas derivadas de determinados usos y consumos. La primera concesión que debemos hacerle es la siguiente: efectivamente, enunciados y discursos violentos amplifican y producen prácticas violentas. Sin embargo, se trata de una ecuación que no opera del mismo modo cuando hablamos de artefactos estéticos o sencillamente arte.
La dimensión histórica de la violencia se remonta a tiempos inmemoriales y esta ha sido objeto de tensión por tan disímiles cuestiones que resultaría un contrasentido localizar su origen y sus motivos. Por sólo dar un ejemplo, que tal vez el periodista religiólogo omite deliberadamente, es la caterva de eventos violentos que se han suscitado so pretexto de la religión cristiana. Desde cacería de brujas, grandes matanzas, persecuciones, colonizaciones y conquistas de territorios; en suma, literalmente violencia y derramamiento de sangre, angustias y dolores. Desde las cruzadas y la inquisición medieval hasta las guerras de reconversión.

Pero no nos interesa aquí desplegar la misma lógica argumentativa para replicar la lectura del teólogo, sino poner de relieve que la Historia de la Violencia es milenaria y, por lo mismo, no todas las violencias revisten el mismo valor. En otras palabras, hay violencias legítimas y violencias ilegítimas, pero esto ya es otro tema, ciertamente interesante para pensar. Pero los límites formales de esta réplica no nos permiten tomarnos dicha atribución. Por eso, vamos a la segunda dimensión.
2. Mala fides superveniens non nocet. La literatura científica sobre la teoría del reflejo, el estímulo-respuesta y sus contralecturas de la refracción bajtiniana y la catarsis aristotélica
Como anticipamos, este tipo de esquemas de la violencia tienen un tratamiento singular en el casos de las obras de arte y, por tanto, unos efectos ciertamente muy diferentes de aquellos que suceden en el plano de la vida extraliteraria. Es decir, aquello que coloquialmente conocemos como “la realidad”.
En el arte —recuperando un viejo enunciado del derecho justinianeo romano sobre la prescripción adquisitiva—, la mala fe que llega tardíamente no perjudica (Mala fides superveniens non nocet). En una palabra, si el contenido de la obra artística recorre o toca temas violentos, escabrosos, angustiantes, o suicidas como El joven Werther (la celebérrima obra de Goethe de la cual ya se ha desmentido que generó una ola masiva de suicidios). Esa mala fe artística no tiene un efecto sobreviniente de tipo adverso o peligroso, de tal manera que quien lo disfrute o consume salga a matar, a angustiarse o a suicidarse. La obra artística tiene otros canales de afectación que difieren ciertamente de la lógica estímulo-respuesta, y que es tan diferente cuantos lectores o usufructuantes haya.
Sin embargo, esta lectura fue organizada y preconizada teóricamente por dos variantes que ya hemos mencionado: por un lado, la teoría del reflejo. Y, por otro lado, la variante del estímulo-respuesta, según las cuales la relación entre el objeto y el sujeto es literalmente directa y unidireccional.
Ambas variantes teóricas tuvieron sus lecturas alternativas y, digamos, bastante opositivas. Una de ellas fue la lectura que desarrolló nada menos que Aristóteles en su Poética. Allí Aristóteles sostiene que la tragedia griega (pero pensemos en, en su lugar, en cualquier obra artística contemporánea) provoca en el espectador una cazársis (catarsis), es decir, una purificación o depuración de las emociones de miedo y compasión. Al ver representadas acciones dolorosas en un marco estético y controlado, el público experimenta esas pasiones de forma intensa, pero segura. Esto produce un reordenamiento interno que libera tensiones anímicas y, como vemos, con un potente catalizador de las afectaciones.
La tragedia, o bien determinados artefactos estéticos cumplen no sólo una función artística, sino fundamentalmente una función ético-emocional. De este modo, muy lejos del efecto que sostienen los autores del estímulo-respuesta y, en este caso, por extensión, Sergio Rubín, la catarsis del arte convierte al espectador en alguien emocionalmente más equilibrado y consciente de la condición humana.
Me he referido largamente al carácter particularmente catártico del Black Metal en esta nota, “¿Puede ser triste lo bello? Depresión, melancolía y Black Metal”, así que les dejamos el link.
La segunda lectura que cuestiona directamente la teoría del reflejo es la desarrollada por el teórico literario Mijaíl Bajtín. Bajtín propina una muy atinada crítica a la teoría del reflejo que entiende la literatura como un simple espejo pasivo de la realidad social. Va a proponer, en cambio, la refracción, donde el texto transforma, reorganiza y reinterpreta la realidad a través de voces, valores, lenguajes y perspectivas bien disímiles. Este giro constituyó un verdadero desplazamiento en los modos no sólo de entender el arte y la literatura, sino en sus formas de producirlo y, digamos, crearlo.

En pocas palabras, la obra literaria no reproduce el mundo tal cual, sino que lo desvía, lo filtra y lo resignifica. Este proceso está atravesado por la ideología, el dialogismo y la interacción de múltiples conciencias. De allí una de sus tesis-fuerza más potente: la creación estética es creación activa y polifónica, no un reflejo plano, sino una realidad refractada.
Estos dos elementos bastan para abdicar inmediatamente del argumento que sostiene que el Black Metal en tanto variante estética y artística de un género musical podría generar literal y directamente eventos como los perpetrados por el joven de 15 de Pehuén Có. Quien lastimosamente atravesó y, entendemos, está atravesando por problemas de salud mental. Tal vez (nos aventuraríamos tan rápido como el religiólogo Rubín a aseverarlo) esos problemas pudieron haber colaborado las acciones realizadas en aquel día.
Sin embargo, hay una dimensión más. Vamos a ello.
3. Crux sacra sit mihi lux, non draco sit mihi dux, vade retro Satanas: la dimensión jurisprudencial
“La santa cruz sea mi luz, no el demonio dragonario sea mi guía. Aléjate, Satanás”.
Como se ha mencionado precedentemente, no hay nada nuevo bajo el sol. Y tampoco fue novedad para la jurisprudencia a escala global, la cual ya pasó por fallos históricos cuyos contenidos eran demandas a artistas o artefactos estéticos, acusados de impulsar o suscitar asesinatos. Invariablemente en todas los casos, los tribunales han fallado del mismo modo. Id est, a favor del artista, o bien exculpando al contenido de dicha obra de arte.
Esto sucedió desde con videojuegos (es el caso de Final Fantasy VIII con el joven clanicida español) hasta con bandas de música. Pero creemos que bastará con remitirnos al caso de la demanda contra la banda de thrash metal Slayer en 1995. En ocasión de la violación y aseinato de Elyse Pahler llevada a cabo por tres fanáticos de la banda.
En 1995, la adolescente Elyse Pahler fue secuestrada en California por tres jóvenes quienes la llevaron a un descampado con el pretexto de consumir drogas. Allí la violaron reiteradamente y la asesinaron con más de una docena de puñaladas, dejando su cuerpo en el lugar durante meses. Los agresores declararon luego que escuchaban a Slayer y que ciertas letras habían alimentado su fantasía de cometer un crimen “satánico”. Esa supuesta influencia musical fue utilizada posteriormente por los padres de la víctima para fundamentar una demanda civil.
Sin embargo, los tribunales estadounidenses rechazaron la acción contra Slayer en todas las instancias. El razonamiento judicial sostuvo que no existía relación causal jurídicamente relevante entre las letras de la banda y el delito cometido. Y que responsabilizar a una obra artística por los actos criminales de terceros vulneraría la libertad de expresión. El fallo afirmó, además, que las letras eran claramente ficcionales y no constituían una incitación real e inmediata a la violencia. Así, como en todos los precedentes globales sobre arte y conducta criminal imputada, la Justicia reafirmó la imposibilidad de imputar al contenido artístico el comportamiento delictivo de sus receptores.

Creemos que estos tres elementos de cada una de las dimensiones fueron flagrantemente omitidos por el periodista religiólogo Rubín. Quien tal vez podría haber morigerado su crítica a tan noble género musical como lo es efectivamente el Black Metal.
Que Rubin se haya remitido al caso del inner circle noruego de Black Metal y la quema de iglesias resulta otra de sus astucias. Pero —una vez más— sin considerar todas las condiciones históricas muy concretas que harían posible situar dichos eventos históricamente.
De nuestro lado, creemos que el Black Metal es virtualmente una máquina de odio, cuya potencia destructiva tiene como objetivo la Muerte-de-Este-Mundo. Se trata, desde luego, de un decreto simbólico de muerte contra la lógica misma de la violencia de Este-Mundo (la explotación, el bullying, la indiferencia, la injusticia). Desarrollé largamente esta teoría en una polémica con el medievalista italiano Nicola Masciandaro en esta nota.
Esperemos que estas líneas puedan responder respetuosamente los argumentos del religiólogo. Pero, de nuestra parte, con una muy contundente postura. Preconizar la escucha atenta y goceante del Black Metal: la invitación a un nuevo sensorium del mundo.
