Opinión

¿Puede ser triste lo bello? Depresión, melancolía y Black Metal

¿Puede ser triste lo bello?, se pregunta la filósofa búlgara Julia Kristeva. Podríamos preguntarnos, junto con ella, ¿qué es lo que hace que variantes melancólicas y tristes del depressive suicidal black metal (en adelante, DSBM), el blackgaze, el funeral doom o el sludge puedan ser géneros susceptibles ya no sólo de ser escuchados, sino de ser profundamente disfrutados, transitados con goce y codificadores de un lenguaje y una trama subyacente del inconsciente?

En Sol negro. Depresión y melancolía, Kristeva expone una idea bastante revulsiva contra la celebración de lo alegre y la invitación del capitalismo tardío a disfrutar una vida anodina de felicidad, a saber: pensar las pasiones tristes y melancólicas como entropías potenciadoras de la experiencia. Se trata, en suma, de que no siempre las pasiones alegres, al decir de Baruch Spinoza, son equipamientos que incrementan las potencias del cuerpo. Dice Kristeva: “Hay una tendencia del ser humano a la fragmentación y a la desintegración como expresión de la pulsión de muerte. La tendencia a la desintegración, a caer en pedazos, a la angustia de ser destruido desde adentro se mantiene” (2015: 19).

Con estas preguntas como pre-texto, en esta columna intentaremos vehiculizar la segunda parte de esta entrega sobre las TESIS-FUERZA DEL BLACK METAL. En la primera parte, con la excusa de una necrológica por el fallecimiento de David Lynch, hablamos un poco sobre las zonas de contacto entre su cine y la estética oscura y el universo del black metal.

En esta ocasión, recurriendo al mismo punto de partida que soporta nuestra lectura (a saber, el black metal es una máquina significante de odios, combates y pasiones tristes), indagaremos sobre lo sublime y lo magnético de uno de sus aspectos fundamentales: la tristeza. 

La tristeza: ese oscuro objeto del deseo

Cuando hablamos de tristeza, desde luego, hablamos de un significante polivalente. Es decir: melancolías, nostalgias, pulsiones depresivas, vacíos, ansiedades, introspecciones y hasta fantasías suicidas. En suma, el universo estético que edifica el DSBM.

Para Kristeva, lo sublime nace en la melancolía. Para ello, toma el ejemplo del celebérrimo escritor ruso, Fedor Dostoievski, para quien el sufrimiento es el objetivo supremo de la humanidad. 

El DBSM es consciente de esta potente misión redentora: transitar y experimentar la tristeza y hacerla cuerpo. Muy lejos de escamotear y tapar nuestros profundos dolores y angustias con tonalidades alegres, lenguajes exultantes y optimistas (las gramáticas vitalistas del poder), del éxito, el consumo y el hedonismo exacerbado, como lo hacen géneros como el pop, el reggueton, el trap en estos tiempos, el DBSM, por el contrario, busca el repliegue (o mejor dicho, el im-plieuge por su ensimismamiento solitario), un éxodo, una sedición Total de Este-Mundo, un anonimato que derive una desaparición absoluta: la muerte o el suicidio.

Depressive Suicidal Black Metal: una experiencia artística que valida y nombra nuestras angustias

Ahora bien, todas estas fantasías suicidas y tanáticas (el oscuro deseo de la muerte) son potentemente catárticas. Un consuelo que, organizado estética y musicalmente, nos proporciona un lenguaje que nos habla directamente y nomina nuestras tristezas. 

Nombrar el sufrimiento, exaltarlo, desglosarlo en sus componentes más detallados es, sin dudas, un medio una forma potente de asimilar el dueño. A veces, y muy a menudo, también de superarlo, pero también de gozarlo y complacerse. 

La explicación y las lecturas que se han proporcionado a esta bífida contradicción en la que descansa la respuesta a si lo bello puede ser triste presenta muchas variantes teóricas. Una de ellas es, desde luego, la del psicoanálisis: como el sujeto de la angustia no elige lo Real (la muerte y el suicidio efectivo), en lugar de la muerte —y para no morir de la muerte del otro—, produce un artificio, un ideal, una exterioridad que produce su misma psiquis para ubicarse fuera de ella. Es lo que Freud en Duelo y melancolía (1917) llamó ex-tasis. Esto es, transitar la angustia desde fuera a través de un artificio, que, en este caso, soporta y produce el black metal en una organización estética musical.

Otra variante científica, epistémica y diametralmente opuesta a la del psicoanálisis freudiano, es la de la neurociencia emocional. Esta corriente ha demostrado que la música de cadencias tristes no siempre provoca tristeza, sino más bien un desahogo. Esto, dado que el cerebro libera dopamina no sólo con melodías alegres (las que mencionamos más arriba como gramáticas del poder, que intentan maquillar nuestros miedos temporalmente), sino también cuando sentimos que una canción nos entiende y nos habla en un lenguaje común, dada la asimilación validante que el cerebro tiene frente a incodificaciones complejas que operan en las barreras inhibitorias del exterior. Bandas como Lantlôs, Xhastur, life, Faith, MØL, Shalt Become, Psychnaut 4, Sadness, Autumn Nostalgie, Nortt, Shining no sólo alivian nuestras tristezas y nuestras ansiedades (experimentádola con la música), sino que las validan.

El DSBM logra esto de una manera tan eficaz que pareciera que nos arrastra hasta lo más profundo de nuestra angustia. Pero no nos termina de hundir; nos quiere matar con su tristeza y su evocación melancólica, pero estamos aún convalecientes. Nos deja en un borde que nos permite especularmente vernos a nosotros mismos en el lugar del sufrimiento, reflejando estados mentales de soledad, introspección, y vacíos. 

Con su cadencia lenta, armónicamente disonantes, generalmente canciones compuestas en tonalidades menores, armonías oscuras, tempos extendidos, con progresiones que obturan una resolución clara, en suma, todos elementos cromáticos y musicales que nos sumergen en un atmósfera triste y depresiva, el DBSM y el blackgaze construyen lo que Aristóteles llamó en su poética cazársis (o fuerza catártica). 

¿Salir de esto? Imposible sustraerse. Como diría la filósofa Julia Kristeva, «primero hay que mirar de frente el sol negro de la melancolía».

Nicolas Alabarces

Nicolas Alabarces

Licenciado en Letras (UNC) y actualmente becario CONACYT en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de México (Xochimilco). Tomado completamente por las cadencias malaleche, escucha Metal desde chico, cuando un amigo le pasó un cassette con canciones de Maiden, Hermética, Slayer, Metallica y Sepultura.-

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