Ancient se presentó en el CCB y conjuró Semana Santa: Sin lugar para la Resurrección
De la mano de Heresy, Ancient volvió a nuestro país para plebiscitar su maldad, y su victoria fue gloriosa y glorificada. La noche se vivió como una auténtica misa negra de conjura y malicia bífida. La precedieron grandes bandas del under local de la escena black, como ciertamente lo son Rhaug, Dios Serpiente y la insoslayable Gloriam Satanas.
Un repertorio que no se privó de maldad arremetió contra todos nosotros y superó los muros de ergástula lóbrega del Centro Cultural Bula. Estimados, la Resurreción de Cristo ha sido obturada. Desde Vientos de Poder, asistimos a la caída del reino de la luz y te revelamos los detalles más espectaculares de la noche.
Ennegrecido Viernes Santø
Cada día tiene su mímesis en la cosmogonía cristiana: el Domingo de Ramos conmemora su entrada triunfal; el Jueves Santo, la Última Cena, el Viernes Santo, su crucifixión y muerte; el Sábado Santo, el descanso en el sepulcro; finalmente, el Domingo resucita. Sin embargo, este viernes la crucifixión parece haberse suspendido en la muerte.
Esta cruzada hereje inició con la primera banda de la noche: Rhaug. Los primeros sonidos ya nos colocan en su atmósfera: el ritual ha comenzado. Se mueven con precisión entre cadencias melancólicas y melodías estridentes propias del symphonic black death metal. El aire de la cueva se carga con una vibración sombría, casi litúrgica.
El escenario se tiñe de una penumbra azulina, apenas rota por los destellos rojos de los estrobos que marcan los pasajes más extremos. La figura del vocalista se impone con autoridad, mientras la banda despliega un sonido ciertamente sólido y compacto, sin fisuras, donde cada instrumento encuentra su lugar en un muro sonoro envolvente.

Tocan cuatro temas con desenvoltura ritual. Hay una disciplina férrea en la ejecución, pero también una sensibilidad que aparece entre los quiebres rítmicos y los arpegios que se cuelan en medio del caos. El nihilismo se vuelve casi palpable, no como consigna, sino como clima: lo que transmiten no es sólo oscuridad, sino un modo particular de habitarla.
En medio del set, una línea melódica se destaca con claridad, casi como una plegaria enterrada. El público (todavía una parva exigua de personas) responde con una atención reverencial, como si supiera que algo importante está empezando. La potencia es tan real que por momentos parece que Rhaug no está tocando, sino desatando una criatura vieja, un demonio tolkiano que duerme dentro de su propio nombre.
Una lengua bífida sisea y recorre el cuerpo de Cristo
La segunda banda en salir es Dios Serpiente. Sin telón que medie la aparición, el trío se acomoda en escena con una serenidad ritual. Al frente, el bajista —fundador del proyecto— manipula los sintetizadores y da las primeras notas sombrías de la noche. Lo acompañan un guitarrista que aporta capas densas y envolventes, y un baterista casi invisible detrás de un inmenso flyer que cuelga como un estandarte con la leyenda “Dios Serpiente”.
Desde los primeros acordes, la música encarna un cuerpo doliente, como si cargara un peso demasiado humano. La voz, oblicua y ululante, se funde con la instrumentación como una sola materia inconsútil. La atmósfera se espesa, gira en torno a un núcleo de maldad bífida, como la lengua de la serpiente que observa desde lo alto del escenario.

Ese resplandor cruciforme, débil y vacilante, apenas alcanza para dibujar los contornos de los músicos. Con excepción de su baterista, quien, no conforme con su soledad detrás del gran cartel, potencia su anonimato con una túnica negra que cubre su rostro. Las sombras hacen de su semblante una máscara ambigua, impersonal y cruel.
Tras una secuencia de cuatro temas que oscilan entre la nostalgia oscura y una paso lento y apesadumbrado, Dios Serpiente deja el escenario, pero la densidad de su paso aún gravita dentro de todos los que estamos ahí.
Blasphemous: Gloriam Satanas
Tras un muy breve intervalo, sale la tercera y última banda soporte: Gloriam Satanas. El corpsepaint que cubre los rostros de todos sus integrantes preconiza y acelera la muerte de Cristo en este Viernes Santo. Con un sonido más próximo al de la primera banda, luego del breve excursus doom de la segunda, la potencia de Gloriam Satanas entroniza la blasfemia y la maldad.

A pesar de su yermo recorrido, iniciado en 2018, la solidez de su sonido parecería demostrar, en cambio, una longevidad mucho mayor. Hay algo profundamente asentado en su sonido, como si cada golpe de bata y cada estridencia viniera de una tradición más antigua que ellos mismos.
Con también cuatro temas, bastó para allanar el lúgubre camino que conduce al norte noruego. Las sombras antiguas, celosamente invocadas por las bandas precedentes, ya envolvían los espíritus de todos los que estábamos ahí.
Black metal en la ergástvla
“La ergástula es oscura, no te arredras”, dice Borges en uno de sus lexemas más ocultistas. Con ese pulso estábamos todo dentro de la cueva, cuya energía era toda negra y nos envolvía con su totalidad maléfica y oscura. En ese marco, sale Ancient.
El set comienza con “Trumps of an Archangel”, de su trabajo más actual, que desciende como una invocación directa. El zigzagueo de acordes que tiene en la viola este tema caen como cuchillas sobre una base rítmica siniestra. La banda entra firme, sólida, con una presencia que no necesita exagerar su teatralidad: simplemente está ahí, y es contundente. No hay mise en scéne en el black metal, sino una pulsión llena de odio que busca fugar y la sedición de Este-Mundo.

“Huldradans” sigue con un vuelo más melódico pero igualmente espectral, donde pareciera haber, en la conjugación de todos los músicos, una suerte de danza hechicera, de esas que invocan el bosque noruego como si estuviéramos en medio del fiordo más tenebroso.
Con “The Call of the Absu Deep”, Ancient sumerge al público en una atmósfera abisal, un descenso ritual donde los registros estridentes que ulula Aphazel se entrelazan con una línea instrumental que parece querer desatar algo dormido más allá del tiempo.
“Det Glemte Riket”, de su disco homónimo lleno de misticismo, coloca a Aphazel en un trance hipnótico, donde los gestos de su semblante pivotan entre el sufrimiento, la angustia y la maldad. ¿Qué está experimentando ese cuerpo? Su corona de tachas no es sólo un adorno, sino la consolidación de un physic du rôle buscado: un Cristo sufriente In eternum.
El itinerario blasfemo de Ancient continúa con “Paa Evig Vandring”, un tema que respira desolación y perpetuidad, como si cada acorde caminara hacia un horizonte que nunca llega. Luego, “Eerily Howling Winds” sopla con la violencia antigua y se anuncia con un prolegómeno inquietante: el llanto de un lobo que parece romper la ergástula de Bula desde dentro.

“Likferd” oscurece aún más el ambiente, llevándonos a la procesión de la muerte con una calma siniestra. Y entonces llega “Trolltaar”: la cabalgata gloriosa y oscura que da nombre al EP homónimo de 1995. El tema avanza con fuerza, hasta que es intempestivamente interrumpido por un solo que parece venir del otro mundo. Aphazel, con su corona espinada, se erige en médium: sus dedos invocan y su cuerpo canaliza. Recibe fuerzas del más allá para cautivar nuestros espíritus tomados.
Con “Nattens Skjønnhet”, Ancient ofrece quizás uno de los momentos más sublimes del show. Su solo —que podría contarse entre los mejores no sólo de este singular EP, sino del black metal en general— corta el aire como una ráfaga helada en el pecho.
Sin lugar para la Resurrección de Cristo
El arribo de Ancient suspendió la muerte In Eternum este Viernes Santo: el Cuerpo de Cristo yace, doliente y en agonía, en la cruz.
Tras un instante de penumbra expectante, suena la intro que precede, ominosa, a “Ponderous Moonlight”, como un umbral hacia la etapa final del ritual.
Con “…The Curse”, Ancient vuelve al ataque con un tempo agresivo y marcial, donde la maldición no es sólo lírica, sino física. Le sigue “The Pagan Cycle”, que abre un respiro melódico con ese coro en dúo de un tenor y una soprano sin llegar a ser totalmente líricos, ciertamente bello, pero sólo para que la tensión regrese más concentrada, como una liturgia precristiana que no terminó de morir del todo.
“Lilith’s Embrace” es lisa y llanamente una celebración oscura, una ofrenda pagana en clave musical. El tema no pide permiso: se instala y avasalla la cueva.
El cierre llega con “13 Candles”, esa versión alevosa y sacrílega del clásico de Bathory. No hay contemplación posible: Ancient, en una ejecución ciertamente particular, hace suyo el tema, lo endurece, lo envenena, lo alza como blasfemia final. El público —ya completamente tomado por las cadencias oscuras— se entrega completamente.
El ritual ha terminado. Pero la ergástula sigue ahí, oscura, recordándonos que no nos arredramos.
Agradecemos, faltaba menos, la gentileza y la deferencia de los miembros de Heresy Metal Media y NGD Press, por confiar, una vez más, en nosotros como medio de prensa.
Crónica: Nicolás Alabarces
Fotografías: Facundo Rodríguez (Shots By Far)
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