Kerry King refrendó su leyenda en El Teatro de Flores
El legendario guitarrista Kerry King regresó a Argentina con su banda, acompañado nada menos que de Paul Bostaph en la bata (y también compañero en Slayer), Kyle Sanders en bajo, Phil Demmel en viola y Mark Osegueda, vocalista de Death Angel y, para esta ocasión, doppelgänger (fide)digno de Tom Araya.
No es la primera vez que King pisa nuestro terruño rioplatense, quien ha tenido la deferencia, pero también el privilegio de hacerlo con Slayer en más de una ocasión. Pero sí con su proyecto solista, KK, en el marco de su Latin American Tour 2025. Y, desde luego, no pasó desapercibido, dejando tras de sí un voltaje altamente electrificante de violencia y thrash metal malicioso. Con un Teatro de Flores bastante lleno, asistimos a un concierto que no dio respiros, como una ráfaga de disparos que no contiene su propulsión. Cada tema que pasaba era más violento que el otro, arreciando un pogo y un circle pit que tuvo su cénit hacia el final del concierto.
Todo esto y mucho más experimentamos en este alevoso despliegue de thrash metal que un impertérrito y casi solidificado Kerry King nos proporcionó, como una trompada en la jeta, con su banda. Desde Vientos de Poder, tuvimos la oportunidad de estar ahí y te contamos todos los momentos más increíbles.
Un Manifesto para la violencia
Hay algo profundamente visceral en ver a una banda como Manifiesto pisar un escenario grande después de 26 años de trajinar con uñas rotas y espíritu intacto por los tugurios del metal nacional. Esa noche, abriendo para Kerry King, fueron mucho más que un telonero: fueron la chispa que encendió la mecha de una bomba emocional y sonora. Con “Lento descenso a la oscuridad”, el primer tema del set, abrieron las compuertas del infierno con un ataque quirúrgico de riffs serruchados y una base rítmica que sonaba como si el Apocalipsis estuviera de gira. El sonido, crudo pero definido, fue el cómplice ideal para ese death-thrash denso, corrosivo y cargado de una furia sin concesiones.



Manifiesto, ya con su experiencia longeva, subió sin pedir permiso: subió a demostrar por qué llevan más de dos décadas arando la tierra del metal extremo con los dientes apretados. En medio del set, el enérgico frontman de la banda, Jorge Armada, lanza una arenga furibunda al under argentino: “¡Ese es el grito de rebelión que quiero escuchar! ¡Que se escuche en el infierno!”. Y se escuchó. En ese momento, un tipo con una máscara de gas, una bandera argentina colgada del lomo y dos máscaras más en cada una de las manos apareció en escena, como un tótem bélico y mutante, símbolo belicoso de una Argentina que sangra pero no se rinde. La banda, mientras tanto, seguía disparando ráfagas sónicas como si les fuera la vida en ello.

El cierre con “La ley de Talión” fue violentísimo. Antes de empezar, el cantante —al borde de la euforia— agradeció a todos por el aguante y declaró que era el día más feliz de sus vidas. ¡Y cómo no! Estaban en casa, pero en una casa llena, rabiosa y entregada. En trance total, levantó un crucifijo colosal, lo invirtió con solemnidad sacrílega y luego lo usó para hacer air guitar, en un gesto entre el exorcismo y el juego. Fue su manera de sellar una misa brutal y consagrar, una vez más, a Manifiesto como uno de los bastiones más fieros y persistentes de la escena del metal extremo en Argentina.
KK, sinécdoque asesina
El fuego se reavivó apenas Kerry King y su banda pusieron un pie en escena, coronados por un telón ígneo con su inconfundible logo y respaldados por una alineación que es puro pedigrí, a saber: Paul Bostaph en la batería (martillo nuclear con pulso quirúrgico y par de aquél en Slayer), Kyle Sanders aportando bajo denso y cavernoso, Phil Demmel con riffs afilados como cuchillas, y el siempre incendiario Mark Osegueda, que en esta noche parecía encarnar a Tom Araya con una convicción escalofriante. “Where I Reign” fue la carta de presentación: cortante, sólida, con un groove thrashero que pateó la puerta sin pedir permiso. Siguieron “Rage” y “Trophies of the Tyrant”, en una seguidilla que fue una paliza medida, cada golpe perfectamente dosificado.

Lejos de ser un proyecto nostálgico, el set avanzó con músculo propio. “Residue”, con sus cambios de ritmo sombríos, y “Two Fists”, directo como una piña en el entrecejo, fueron prueba irrefutable de que Kerry no vino a vivir de rentas, sin necesidad de plebiscitar su lugar legendario en la cúspide del Metal Internacional. La banda sonaba ajustada, feroz, compacta. Y Osegueda —con ese vozarrón entre chillido de banshee y un registro ciertamente muy amplio— hizo que cada palabra escupida se sintiera como una sentencia. Con “Idle Hands”, la tensión llegó a un pico: el groove pesadísimo arrastró al público a una especie de trance reptante, donde el machaque era gozado hasta para el más rezagado del salón. Hasta ahí, todo era nuevo, pero ya se olía la pólvora de lo que vendría.
Desde las propias entrañas del infierno: ¡Kerry fucking Kiiiiiiing!
El infierno se abrió del todo cuando sonó el primer riff de “Repentless”. Un circle pit instantáneo devoró la pista con una violencia casi tribal. No había dudas: la sangre vieja y nueva hervía al compás de esa maquinaria infernal que durante décadas supo ser Slayer, y que esa noche revivía con músculo fresco pero espíritu intacto. King, con su icónica actitud de bulldog desafiante, impertérrito, concentrado y cuasisolidificado, disparaba riffs con precisión bélica, mientras Demmel lo escoltaba con la misma fiereza, como si hubieran tocado juntos toda la vida. Bostaph, patrón del doble bombo, marcaba el paso de la batalla.




Entre el vendaval de clásicos, se permitieron un guiño que sorprendió y enloqueció: dos versiones filosas de Iron Maiden, “Purgatory” y “Killers” del disco homónimo de la doncella. Interpretadas con la crudeza del contexto pero sin perder el respeto a los originales, funcionaron como un excursus insospechado, casi como si el mismísimo Eddie se hubiera encarnado en un pandemonio thrashero. Fue un breve desvío, sí, pero celebrado con pogos más rituales que agresivos. Sólo para luego volver a lo que el público pedía tácitamente en comunión: temitas de Slayer.
El remate fue una tríada devastadora: “At Dawn They Sleep”, un martillo cadencioso que hizo crujir el piso, seguido por “Raining Blood”, que desató la apoteosis de destrucción colectiva bajo una luz roja que convirtió el lugar en una escena de sacrificio ritual. Gritos, empujones, cuerpos volando. ¿Qué mierda estaba pasando acá? Y para cerrar el segmento Slayer con una estocada final: “Black Magic”, que sonó como si el demonio titular se hubiera materializado entre nosotros. Aunque muchos esperábamos una última descarga de Slayer, la decisión de cerrar con “From Hell I Rise”, tema homónimo del disco debut de King, fue acertada: un statement. El fin de una era y el inicio oficial de otra, con la misma brutalidad, la misma rabia y, ahora, bajo un nuevo estandarte.
Agradecemos, una vez más, la gentileza y la deferencia de los miembros de Icarus Music y en especial, a Marcela Scorca, por confiar en nosotros como medio de prensa.
Crónica: Nicolás Alabarces
Fotografía: Bel Mustaine
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