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Cagadísimos de frío: los diálogos entre el invierno y la música extrema

Apago el despertador por segunda vez. Son las 7:05 de la mañana. El frío te cala los huesos. La cama aparece como un refugio imposible de abandonar, todavía entregado a los cálidos brazos de Morfeo, que no me quieren largar. La tentación de abandonarlo todo, de abdicar de la vida misma, es muy potente. «¿Y si no voy al laburo?», pienso cándidamente al calor de la frazada. «¿Y si no me levanto y me quedo durmiendo?», prosigo. Hasta que llevo el pensamiento al extremo. «¿Y si no me levanto de acá nunca más?».

Fracasada la empresa de mis fantasías de abdicar de las responsabilidades de mi vida adulta, ahora estoy en la cocina, el páramo helado del polo sur de la casa. Me preparo un café caliente y enseguida salgo a la calle con la bici para tomar el tren. El contraste entre el frío del hogar y el frío alevoso de la intemperie me pega un trompadón en la jeta y en tiempo récord se me secan los labios. 

¿Qué relaciones hay entre el invierno y la música extrema? Muchísimas. Por eso, en esta ocasión, aprovechando que nos estamos cagando de ofri, y que somos el país más frío del mundo en este momento, celebraremos este, nuestro solsticio austral rioplatense, repasando algunos clásicos del género metálico y las bellezas nunca bien ponderadas de las estaciones frías: el otoño y el invierno. Obsesiones, fascinaciones, canciones y hasta discos enteros se han hecho y dedicado desde las panoplias metaleras a la estación invernal y el frío. Exploremos ese universo.

Oscuros vikingos del polo norte

Desde los gélidos terruños escandinavos, si acaso un género ha producido material para venerar el frío y el invierno, ese ha sido el Black Metal. No sólo el escandinavo y fundacional, como el noruego y el sueco, sino también en países europeos como Rusia, Ucrania y Alemania. 

Immortal, la entonces banda comandada por Abbath (Olve Eikemo), sin duda es una de más fascinadas por el frío. La misma le ha dedicado tres discos enteros, a falta de uno y falta de dos, a saber: «Blizzard Beasts»(1997), «At the Heart of Winter» (1999) y «Sons of Northern Darkness» (2002).

«At the Heart of Winter» representa una de las cumbres creativas de Immortal. No sólo por dar nombre al disco más ambicioso de su carrera, sino por condensar en poco más de ocho minutos todo el imaginario gélido, solitario y majestuoso que la banda había ido forjando desde sus inicios. Es una travesía sonora a través del núcleo mismo del universo Blashyrkh: un reino sin tiempo ni clemencia. Allí el frío no es sólo es una mera manifestación climática, sino destino.

Musicalmente, el riff inicial —largo, melódico, casi narrativo— es uno de los más emblemáticos de la banda: evoca la inmensidad de una llanura helada, con su andar lento y constante, como si el oyente avanzara a través de una tormenta de nieve con la vista fija en una fortaleza lejana.

La voz de Abbath, desgarrada y cavernosa, no sólo blasfema: ulula un llamado ancestral. Es una crónica del aislamiento elegido, del poder solitario en medio de un mundo arrasado por la escarcha. “Storming from the north / I’m with the warriors of winter”, canta, y no hay duda de que lo que aquí se narra no es una historia, sino una declaración de identidad constituida por el amor fati invernal.

«In My Kingdom Cold», por su parte, es una oda gélida al universo helado y bélico de Blashyrkh. Es el mundo ficticio creado por Immortal que sirve como escenario épico para muchas de sus canciones. Aquí, la banda profundiza su identidad más característica: el culto al invierno eterno, al poder marcial y a la reclusión soberana dentro de un trono de hielo.

Musicalmente, el tema combina la crudeza tradicional del black metal con una producción pulida que potencia su atmósfera épica. El riff de apertura es majestuoso, con un groove lento y dominante que marca el tono imperial de la canción. Las guitarras de Abbath rugen con un tono áspero pero claro, mientras Horgh mantiene un tempo marcial, casi militar, que refuerza la sensación de grandeza fría y distante.

La voz de Abbath, con su rugido rasposo y grave, declama más que canta. Como si pronunciara un manifiesto o una profecía en medio de una tormenta invernal. La letra invoca imágenes de un reino solitario e imperturbable, gobernado con puño de hierro y hielo: “From the storm ridden mountains / I wander / In eternal search for my kingdom cold.” El resultado es un tema realmente potente, hipnótico, ideal para internarse mentalmente en ese “reino frío” de aislamiento orgulloso que Abbath configura magistralmente.

Otros tres grandes ejemplos (también favoritas para quien escribe) provienen de bandas fundadoras: “Thy Winter Kingdom”, de Behemot“The Pagan Winter”, de Darkthrone, y el increíble y poético “Erblicket Die Tochter Des Firmaments” [del alemán, algo así como “Contemplen a las hijas del firmamento”], de Burzum. El filosofema, la unidad mínima del pensamiento, evoca, desde una de las tapas más hermosas del Black Metal, esa atmósfera invernal: la escarcha, el viento gélido y la montaña del norte.


Thrash, bardo belicoso… y frío (mucho frío)

El Thrash Metal no se ha quedado atrás en su invocación al frío. Inmediatamente, si pensamos en invierno y este género, es imposible que no se nos venga a la cabeza el celebérrimo tema del «Ride the Lightning», de Metallica. Nada menos que el maravilloso “Trapped Under Ice”.

Pero, como decimos, es un género que ha dado tela para cortar. Y acá voy con mi banda favorita, nada menos de la banda germana Sodom. De uno de sus mejores discos, «Persecutionmania» (1987), sale esta obra maestra del thrash metal mundial, “Nuclear Winter”.

«Nuclear Winter» es una descarga directa, urgente y sin piedad. En poco más de cuatro minutos, Sodom canaliza toda la paranoia, brutalidad y desesperanza de la Guerra Fría en un himno feroz de Thrash Metal que no concede tregua ni esperanza. Lejos del helado misticismo nórdico de bandas como Immortal, el invierno acá no es una metáfora mitológica, sino una consecuencia terminal y concreta: el mundo devastado tras el estallido atómico.

Desde su arranque, el tema es una declaración de guerra. El riff de apertura, simple y cortante, funciona como una sirena de alarma: su repetición tensa construye una atmósfera que parece anticipar lo inevitable. Cuando entra la batería de Witchhunter, con ese ritmo que roza el d-beat pero se sostiene en el filo del Thrash más crudo, ya no hay vuelta atrás: el invierno nuclear ha comenzado.

Tom Angelripper escupe las letras con su característico tono rasposo y urgente. Casi como un parte militar entre la locura y el nihilismo. No hay épica, no hay salvación: solo ceniza, radiación, frío y muerte. “Apocalypse is near / The Reaper shall appear”, canta, sin dramatismo. Como si simplemente estuviera narrando lo que todos saben, pero nadie quiere oír.

Metal: ¿team invierno o team verano?

Así, como estos casos que hemos explorado en este informe, hay miles: “Silence in the Snow”, de Trivium, “The Burning of Atlanta”, de Whiplash, “Under the Northern Star”, de Amon Amarth, “Dead Winter Days”, de Agalloch, “The Spell of the Winter Forest”, de Hecate Enthroned, o incluso, desde tierras argentinas, “Frío”, de Vrede.

Nos parece que, con estos antecedentes tan flagrantes, la música extrema ha dado un claro veredicto y ha tomado partido por el tema invierno.

¿Qué otros temas conocés vos?

Nicolas Alabarces

Nicolas Alabarces

Licenciado en Letras (UNC) y actualmente becario CONACYT en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de México (Xochimilco). Tomado completamente por las cadencias malaleche, escucha Metal desde chico, cuando un amigo le pasó un cassette con canciones de Maiden, Hermética, Slayer, Metallica y Sepultura.-

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