Vencer al tiempo: Horcas en el Teatro Flores
Y un día, me escapé de este mundo. Agarré el equipo y decidí, una vez más, ir a ver a un clásico. Horcas volvía al Teatro Flores para presentar “El Diablo”, disco que en su lanzamiento había sonado en Obras, show al que no pude asistir. Es la séptima vez que los veo en carácter de cronista o fotógrafo, y seguramente no será la última. La celebración de la longevidad y permanencia de la banda de aquel guitarrista de V8, quien dio forma al proyecto que hoy sigue liderando la escena argentina, es admirable.

Empieza el pogo
La velada comenzó en un horario ideal para todo público. No por su tempranía, sino por lo contrario: apto para el laburante del fin de semana, para quien viene de lejos o para los rezagados que la pereza retiene. A las 20 horas, Justicia Ciega, la banda invitada por los principales, subió al escenario para tocar unos cuarenta, quizá cuarenta y cinco minutos. Desde mi perspectiva, el volumen excesivo no permitió apreciar del todo lo que ejecutaban: una mezcla de estilos que incluso incluyó fragmentos de clásicos como “Cowboys From Hell” de Pantera. Aun así, fueron bien recibidos por un público numeroso, favorecido por el día y el horario.




Para las 21, el Teatro Flores explotaba de gente. No estaba reventado, se podía circular, pero rozaba el lleno total. Esto quizás se deba a la actividad incesante de la banda, que toca y gira sin pausa, a diferencia de otros que se presentan una o dos veces al año en la capital. Personalmente, prefiero esta constancia antes que la arrogancia y el estrellato de algunos artistas que, con solo mencionarlos, ya reciben más publicidad de la que merecen.
Horcas salió de frente, como de costumbre. Su último trabajo discográfico era el protagonista de la noche, por lo que el arranque fue con “Ciego Para Ver”, “El Diablo” y “Malos Tiempos”. No se limitaron a los sencillos, sino que interpretaron el álbum completo, entrelazado con clásicos de todas las épocas, previas y posteriores a Civile. Sonaron sólidos, sin necesidad de ajustes, con un volumen equilibrado y la contundencia que los consagra como uno de los pesos pesados del metal nacional.





El show incluyó un despliegue de luces moderno, con lanzadoras de vapor que observé en funcionamiento antes de entrar a la fosa (y que recordé solo cuando una columna me pegó de lleno). Quizás el único error de montaje fue ubicar la lanzadora de confeti en el centro de la fosa y no al costado del escenario, como hace Lörihen. Un detalle menor para quienes trabajamos allí, porque el espectáculo en sí no se vio afectado en absoluto.
Por supuesto, el esquema de canciones elegidas fueron los clásicos que más suenan de la banda, y al igual que muchas bandas de la época, tomando significados que, suenen cuando suenen, están vigentes. El elemento nostálgico siempre entra en escena cuando suenan los clásicos de “Eternos”, recordando en “Vencer” a todos los que el paso del tiempo dejó atrás, pero que no son olvidados, siendo los más ovacionados el Pato Larralde, Pappo, Ricardo Iorio y obviamente, Civile.

La banda de Osvaldo
La agrupación, que lleva cinco años con su formación actual, se muestra cómoda sobre el escenario, como es habitual. De los tres pilares que hoy sostienen al grupo, poco queda por agregar. Walter Meza se mantiene firme y vigente con el paso de los años, con una mezcla precisa de carisma y talento al ejecutar su rol. “Topo” Yañez, al frente, cumple su parte sin micrófono, interactuando con el público mediante gestos, miradas y comentarios. Cristian, desde los parches, toca sin errores y se asoma entre sus equipos cada tanto, casi oculto por ellos.
Sebastián Coria es un señor: además de aportar coros, sostiene una base sólida con una performance que no busca acaparar, pero sabe cómo imponerse. Brilla especialmente cuando interpretan “Seek & Destroy”, con un estilo que remite al Jason Newsted de los años dorados de Metallica. Esto también le da espacio a Lucas Bravo para destacarse como guitarra líder. A este último no parece pesarle ocupar el lugar de quien dio origen a la banda y se convirtió en mito y leyenda del metal nacional. O, al menos, no lo demuestra: su soltura escénica habla por sí misma. Incluso en los clásicos finales, grabados por él, parece recibir la mirada de Civile desde la pantalla, mientras las luces se concentran sobre su figura, como si atestiguaran que su legado está en buenas manos.

El cierre, como es tradición, llegó con “Solución Suicida”, la canción que Iorio escribió en la primera Letal y que más tarde pasó a Horcas en manos de sus compañeros. Siguieron “Brigadas Metálicas” y “Destrucción”, los himnos inmortales de V8.
Eternos
Hace unos meses, asistiendo a un reunión respecto al libro de Osvaldo Civile (próximo a salir), hablando con uno de los autores en una breve charla de ascensor, me hizo un comentario totalmente acertado, conclusión a la que no había llegado antes. Yo tenía una remera de Sepultura, por lo que, tras la broma de Sepultura y Cavalera, vino el siguiente comentario, que fue “Horcas es nuestra Sepultura”. Los argumentos están ahí. De hecho, una de las dos Horcas estuvo presente en el último show de los brasileros. Aquella es la que menos me representa, porque no es la que me tocó vivir.
Horcas es un espejo de cómo entendemos el metal desde este rincón del mundo. Creció, mutó, se peleó consigo misma, pero siempre siguió representando algo más grande que sus integrantes. Es entonces, al igual que Sepultura para Brasil, nuestra bandera metalera. Tal vez no gire por el mundo, pero representa una de las tantas formas de entender quienes somos.
Crónica y fotografías: Facundo Rodriguez (Shots By Far)









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